Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala

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La democracia ausente vrs. la democracia participativa

Columna de Opinión escrita por Marcelo Coj del Área de Estudios sobre Campesinado. La columna fue el Editorial del Noticiero Maya K’at de la Federación Guatemalteca de Educación Radiofónica FGER el 3 de noviembre del 2015

No digo nada nuevo si afirmo que en Guatemala la democracia es de fachada, de adorno, pues se reduce a ir a votar cada cuatro años para elegir a los cleptocrátas, o sea ladrones, de turno: presidente, vicepresidente, diputados, alcaldes. Tampoco si señalo que ellos actúan en función y provecho de sus financistas, representantes de los grandes poderes fácticos del país, léase: crimen organizado, transnacionales, alas militares, medios de comunicación, proveedores del Estado y monopolios oligárquicos (cervecería, azucareros, cementera).

En esas condiciones, el ejercicio de la política deviene en un mecanismo de enriquecimiento, es decir un negocio donde se invierte dinero para recuperarlo con creces, sin importar si se pasa encima de la vida de personas. Un ejemplo lo tenemos en la recién desarticulada red de corrupción “negociantes de salud”, a cargo del financista de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) y secretario privado de la presidencia de Álvaro Colom, Gustavo Alejos, quien junto a proveedores de medicinas y otros funcionarios públicos privilegiaron las compras para el seguro social de acuerdo a sus espurios intereses económicos.

Por otro lado tenemos un sistema económico de lo más injusto, que durante siglos ha venido enriqueciendo a unos pocos y empobreciendo a muchos otros, configurando un país altamente desigual, pobre y desnutrido, y que además ahora enfrenta serios riesgos de carácter ambiental. Principalmente, a través del despojo de territorios y la depredación de bienes naturales de los pueblos maya y xinca, así como la explotación de la ciudadanía mediante pagos de hambre para trabajos muy agotadores física, anímica y mentalmente. Realidad inhumana defendida por un Estado represor de la protesta ciudadana y negador de derechos como la salud, educación, saneamiento ambiental, nutrición, entre otros. Un Estado que no puede cumplir con sus funciones elementales porque responde a los intereses de los poderes mencionados y por eso mismo está crónicamente desfinanciado, en fin un Estado que asemeja a una persona famélica y enana.

Lo famélico viene de una institucionalidad muy débil, presa de la corrupción y la impunidad que se manifiesta a través del nepotismo (beneficio a familiares con cargos públicos por el solo hecho de ser parientes), el tráfico de influencias (obtener favores usando la influencia personal en el gobierno), las plazas fantasmas, los privilegios y protecciones a los monopolios bajo regímenes como el de maquilas, que les exoneran de impuestos. Enano porque no tiene ingresos que le permitan hacer otra cosa más que gastar en sostener la burocracia y endeudarse con la banca internacional y nacional. Un jugoso negocio para estos últimos, pues le prestan al gobierno de turno y obtienen intereses sin hacer mayor sacrificio pues dar dinero al Estado representa un menor riesgo que prestárselo a una empresa o persona particular.

Así las cosas, como señala Luis Galicia, investigador de Avancso, en una reciente columna de la Red Centroamericana de Justicia Fiscal, hay “correspondencia entre la corrupción política y una economía sostenida por privilegios y prebendas”. En ese sentido, la democracia entendida como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo es una ilusión en este país.

No escribo esta columna con el ánimo impotente de señalar que nada es posible, que los sueños de las familias, comunidades y los pueblos que conforman Guatemala no valen nada. Mi intención va por otro lado, a darle la espalda a esa realidad que nos niega como ciudadanos, sujetos, y finalmente como personas humanas.

Cambiar requiere pasar de la democracia de fachada a una democracia participativa, que tome en cuenta las necesidades y demandas de la ciudadanía como fue el aliento movilizador de las jornadas de abril a septiembre 2015, donde por primera vez en décadas afloró la voluntad de lo que es nuestro: la participación para decidir la sociedad en que queremos vivir.

Justamente ese es el espíritu de los Planes de Vida Comunitarios, trabajados por comunidades mayas y campesinas de los departamentos de San Marcos, Huehuetenango y Quetzaltenango con el apoyo del equipo de Avancso. Son un proyecto de vida colectiva en el cual la comunidad plasma su historia, sus sueños de construcción y materialización de un modelo político-organizativo propio. Que es a su vez una propuesta alternativa para construir la vida digna, se dice alternativa porque no parte desde los poderes que oprimen, sino desde los que nunca han sido considerados en el país sujetos sociales, políticos, económicos y culturales. O lo que es lo mismo, actores de su propio destino.

En ese sentido, los planes de vida hacen que la comunidad aparezca como “existente”, pues ante el Estado las comunidades no existen, nada más aparecen personas y familias compradas con políticas clientelares y divisorias del tejido social, tal como nos lo comprobó el defenestrado Otto Pérez en su llamado a que lo defendiera la “Guatemala profunda”, es decir la Guatemala maya, xinca y ladina campesina. Ese entonces es el principal aporte del Plan, la dignidad de hombres, mujeres, juventud y niñez que se reconocen como comunidad, entendida esta como el espacio de comunión y encuentro, así como el lugar donde la producción y reproducción de la vida son caras de la misma moneda.

Guatemala, 3 de noviembre del 2015.

Última modificación: 3 de noviembre de 2015 a las 19:37
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