Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala

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Columna de Opinión

La auto-aceptación como base para la reconciliación

Fecha de publicación: 17 mayo, 2013

La opinion fue escrita por Fernando Jeréz del Área de Estudios sobre Imaginarios Sociales de AVANCSO. La opinion fue editorial del Noticiero Maya Kat de la Federación Guatemalteca de Educacion Radiofónica FGER, el 15 de mayo del 2013.

Somos un pueblo bastardo. Hijos de la brutalidad, la violación y la violencia. Nos sentimos culpables y avergonzados porque nuestro padre le arrebato la dignidad a nuestra madre al violarla y abusarla y porque al nacer nos dio la espalda, nos abandonó y nos rechazó. En Guatemala existe un temor de que se descubra su obscuro secreto y se dice ansiosamente “qué van a pensar de nosotros si se descubre que somos hijos de la brutalidad y de la sangre”. Así, se prefiere dejar todo como está y con eso nos negamos a vernos al espejo y reconocernos por lo que somos.

La violencia nos ha hecho una sociedad temerosa y profundamente traumatizada. Tememos que vean lo que somos. Como sociedad nos negamos a nosotros mismos como nuestro padre nos negó alguna vez al engendrarnos por la fuerza en los cañaverales… “acá no pasó nada”, “nunca sucedió”, “acá no hubo genocidio” “acá no pasa nada”. Claro, es algo demasiado duro para aceptarlo, para reconocernos como producto de semejante atrocidad.

En la novela “Los reinos originarios” de Carlos Fuentes se relata a la madre América dando a luz a su pueblo bastardo. Ella expresa su relación amor/odio que la divide desde sus meras entrañas, como la relación amor/odio que tenemos con lo que somos, con nuestra historia, con lo que somos como hijos de la muerte, de la violencia, de la sangre, de la violación y de la brutalidad: “Marina grita: Oh, sal ya, hijo mío, sal, sal, sal, sal entre mis piernas… sal, hijo de la chingada… adorado hijo mío (...) hijo de las dos sangres enemigas (...) Contra todos deberás luchar y tu lucha será triste porque pelearás contra una parte de tu propia sangre (... sin embargo) tú eres para mí única herencia, la herencia de Malintzin, la diosa, de Marina, la puta, de Malinche, la madre (...) Malinxochitl, diosa del alba… Tonantzin, Guadalupe, madre…” Cómo no vamos a abrazar la Guatemorfosis, la Pepsimorfosis, cómo no vamos hacer de una montaña, de un volcán, una marca de cerveza o un mediocre equipo de futbol que siempre pierde, nuestros referentes de para la construcción de la “Nación”.

Hemos aprendido a fingir una sonrisa hipócrita para que se nos apruebe, se nos acepte y se nos quiera porque nosotros somos incapaces de hacerlo por nosotros mismos. Pero cómo no va a ser así, si toda la vida hemos aprendido a darnos la espalda, a negar nuestro llanto, a “ver hacia adelante” y pretender que “acá no pasa nada” como ahora nos exige el CACIF. Cómo abrazar entonces la bandera, la patria y la nación si desde siempre éstos fueron los nombres para el país-finca que hoy le quiere negar al pueblo el derecho de gritar la injusticia que vive. Cómo abrazar la patria del CACIF cuando en su nombre se violenta al pueblo. Es, pues, necesario construir una patria distinta, una patria sin amos y sin esclavos.

Por eso es importante el Juicio por Genocidio. Es importante porque, como pueblo, nos confronta, nos pone cara a cara con el rostro feo que no queremos ver, que negamos todos los días cuando nos obligan a estar felices, sonreír y negar nuestro dolor. Es importante porque sabemos que en el fondo ésa es una sonrisa hipócrita, que tenemos más razones para llorar que para estar felices, pero añoramos ese amor que nunca tuvimos, que nos ha sido negado. Por eso, sonreímos para que no nos digan “tú, tu tristeza, tu crítica, tu indignación, tu beligerancia, tu rebeldía, tu dignidad daña y ofende a nuestra madre Guatemala… solo los que “generan empleo”, son felices, sonríen y son optimistas, son los hijos dignos del amor de nuestra madre Guatemala”. Es fundamental romper con esa lógica perversa.

En el fondo sabemos que somos hijos bastardos, pero es muy doloroso reconocerlo. El juicio por Genocidio nos confronta con muestra monstruosidad constitutiva, nos obliga a ver y revivir el trauma que nos constituye como sociedad. Pero, al mismo tiempo, nos da la oportunidad de entendernos en nuestra miseria, aceptarnos como hijos de los que quisieron construir tronos hechos de fusiles y huesos y que hoy nos mandan a callar y nos dicen que la dignidad es mala para los negocios. El juicio por Genocidio nos regala la oportunidad de poder, así como el fénix, renacer de nuestras cenizas, recuperar nuestra dignidad negada, pisoteada y olvidada.

El Juicio por Genocidio no es cuestión de una venganza. Nos apela como sociedad, a aceptar y reconocer nuestro origen, entender de dónde venimos e identificar las heridas por las que nos han desangrado. Nos permite entender por qué los referentes de identidad que nos dan son todos falsos y artificiales y entender por qué siempre se le exige al pueblo como condición para salir de pobre, de la condición de vulnerabilidad en la que ha sido puesto, que renuncie a su dignidad. La polémica que ha despertado el debate respecto al genocidio, así como la enorme resistencia que ha generado en algunas esferas de la sociedad, nos regalan la oportunidad de darnos cuenta que, como dice William Faulkner, el pasado no existe, ni siquiera es pasado, todo es siempre presente.

En los procesos terapéuticos existe el principio de que para la recuperación de, casi, cualquier padecimiento emocional como las adicciones o los traumas, primero debemos aceptar que tenemos un problema. Debemos aceptar que no estamos bien, debemos de salir de la fantasía que hemos construido para creer que “todo está bien” y que “no pasa nada”. La existencia real del genocidio nos pone de cara al espejo y nos muestra el rostro ensangrentado del cuerpo social guatemalteco, ensangretado por una interminable historia de dominación y violencia.

Esto nos abre una puerta a la reconciliación. Si como sociedad queremos salir de ese círculo vicioso de la negación para superar nuestros traumas, primero debemos aceptarnos. En la medida que podamos reconciliarnos con nosotros mismos como pueblo, como sociedad y con el pasado que nos constituye, en esa medida iremos construyendo las bases para una sociedad que no se basa su auto-negación. Primero debemos aceptarnos por lo que somos: Hijos bastardos de la brutalidad y de la violencia. ¡En Guatemala Sí hubo Genocidio!

Guatemala, 14 de mayo de 2013.

Última modificación: 17 de mayo de 2013 a las 02:05
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